La santidad de todos: una puerta abierta al cielo
Entre el 1 y el 2 de noviembre, la Iglesia celebra la vida, la memoria y la esperanza que vence a la muerte. Cada año, cuando llega noviembre, los cementerios se llenan de flores y las iglesias de silencio y oración. Son días en que la vida y la muerte se miran de frente. La liturgia une dos celebraciones inseparables: el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y la Conmemoración de los Fieles Difuntos (2 de noviembre).
Ambas fiestas expresan una misma verdad: la muerte no es el final. Como decía Confucio, la vida es un pasillo y la muerte una puerta. Y para el cristiano, esa puerta se abre hacia la plenitud del amor de Dios.
Santos de carne y hueso
La santidad no es un lujo de unos pocos. Es la meta de todos. Los santos no son seres perfectos ni inalcanzables, sino personas concretas en quienes la gracia ha triunfado sobre la debilidad. Mártires, madres, sacerdotes, pobres, reyes o conversos: todos ellos fueron reformadores porque comenzaron por reformarse a sí mismos.
Todos estamos llamados a la santidad: las grandes crisis del mundo son siempre crisis de santos, crisis de personas capaces de vivir con radicalidad la bondad y la fe. Pero ¿qué es ser santos? Decía Ratzinger: “podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: «esto no es para mí»; «yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas»; «es un ideal demasiado alto para mí». En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad”. El santo es el que es vulnerable, que cae, pero se fía, “cae blando”, en las manos de Dios, y vuelve a levantarse. Ya Teresita de Jesús decía que no servía para eso, que ella usaba un ascensor para subir a las alturas de la santidad por los méritos de Cristo…
La comunión invisible
En la vida llega un momento en que uno tiene más seres queridos en el cielo que en la tierra. Esa certeza de comunión, que la fe llama comunión de los santos, sostiene la esperanza de millones de creyentes.
El pueblo cristiano lo expresa con naturalidad: visita las tumbas, enciende velas, lleva flores. Son gestos sencillos, pero cargados de fe. Las flores se marchitan, las lágrimas se secan, pero las oraciones permanecen. Como recordaba santo Tomás Moro, rezar por los difuntos es una obra de misericordia genial, porque ellos no pueden hacerlo por sí mismos.
Entre el misterio y la esperanza
El Catecismo enseña que Cristo ha transformado la muerte en paso hacia la vida. Quien muere en gracia no se extingue, sino que entra en la comunión plena con Dios. Algunos llegan directamente al cielo; otros se purifican en ese misterioso fuego del amor que la tradición llama purgatorio.
El Día de Todos los Santos tiene su origen en el siglo VIII, cuando el papa Gregorio III dedicó una capilla en Roma a todos los santos, y Gregorio IV extendió la fiesta a toda la Iglesia. La fecha coincidía con antiguas celebraciones de fin de cosecha, que la fe cristiana transfiguró en celebración de la vida eterna.
La vida que no termina
En un tiempo que intenta ocultar la muerte, estas fiestas nos devuelven la mirada limpia y confiada del Evangelio. Recordamos que la vida no termina, se transforma; que el amor no muere, se purifica; y que la santidad, lejos de ser una excepción, es el destino más humano de todos.
El 1 y el 2 de noviembre, la Iglesia vuelve a recordarnos que nadie está perdido si se deja encontrar por el Amor. Porque, al final, morir es entrar en el abrazo del Dios que no puede morir.
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