En la vida todo es aprendizaje, y lo mejor está por llegar…
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viernes, 16 de febrero de 2024

Vida más allá de la muerte, como el resurgir de una mariposa


 

Vida más allá de la muerte, como el resurgir de una mariposa

Algunas culturas creen que el cuerpo es un vestido solamente, una recubierta, papel de envolver, para el alma
Llucià Pou Sabaté
Viernes, 16 de febrero de 2024, 09:18 h (CET)

Cuenta Elisabeth Kübler-Ross de Jan, una mujer joven que se sintió poco a poco atraída por la religión y a partir de un dolor le habló a su marido de la muerte, le dijo: “Jeffrey, sé que he de morir porque mi abuela ha venido a visitarme y me ha dicho que me reuniré con ella muy pronto”. Le dijo que quería mucho a su abuela y que fue una bonita visita. Al poco, se confirmó el diagnóstico de un dolor que sentía en la pierna (cáncer de pulmón con metástasis en los huesos); le animó al marido: “espero de todo corazón que puedas encontrar la manera de creer que hay una vida más allá de la muerte, y que cuando te llegue la hora estaré allí esperándote. Quiero que vivas una vida llena cuando me haya ido, y quiero que sepas que, vaya donde vaya, no estaré sola”. Jeffrey entendió poco a poco que no fue ella que se acercó a la religión y al tema de la muerte, sino que la religión había ido a ayudarla en esos momentos…

   

Una chica moribunda vio a su madre aparecérsele, para decirle que estuviera tranquila que todo iría bien, y que cuando llegara su momento ella la esperaba. Yo tengo la experiencia de haber estado junto a muchas personas en el momento de la muerte, y no he visto a ninguna de ellas morir en soledad o con falta de paz, y no sé hasta que punto todos son conscientes de la compañía de los seres queridos y los santos y los ángeles, pero en muchos casos sí he visto esa confianza, en cierto modo esa compañía.

   

Se pasa por esos momentos como una revisión de la vida: “al atardecer seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz), concretamente de cómo nuestras acciones han tenido consecuencias en los demás, será ver el dolor que hemos causado pero también el amor, ternura y cosas buenas que los demás han recibido de nosotros. Veremos cómo hemos aprendido en la vida, y qué nos queda por aprender aún…

   

A pesar de que muchos no creen en la vida después de la muerte, y de algún modo piensan que la energía del que ha muerto vive en los que le rodean y quieren; pero hay que decirles que si creen en la presencia del ser amado más allá de la muerte, creen en esa vida. La muerte no es un punto final sino una etapa de transformación, y no se van muy lejos los que mueren sino que están en otra dimensión.

   

Algunas culturas creen que el cuerpo es un vestido solamente, una recubierta, papel de envolver, para el alma. Quizá –sigue diciendo Elisabeth- hemos velado un cadáver y nos ha dado la impresión de que era una coraza, un capullo vacío… ya no era la persona que amábamos, podemos sentir al ausencia de su espíritu, de su energía. La vida continúa más allá de la muerte del cuerpo. Algo así como la transformación del gusano en mariposa, una metamorfosis. La persona amada se libró de toda atadura de un cuerpo decadente y enfermo, entubado y falto de energía.

   

“Tengo la sensación de que ya no está”, decimos ante un cadáver. En el momento de la muerte se dice –y lo he comprobado en algunos casos, docenas de casos- que sentimos una ausencia total de pánico, miedo o angustia. No he visto a nadie morir con inquietud.

   

Es también frecuente sentir la presencia del ser querido que ha muerto. Eso es muy bonito. Pero hay que evitar ser víctima de engaños de médiums que nos pongan en contacto con espíritus, y sobre todo ver si nos da consuelo esa presencia, para verificar si es real o engañosa. Sin embargo, el contacto entre vivos y muertos (en la medida que los cuerpos están muertos, porque el alma es inmortal) es una realidad que puede enfocarse desde la comunión de los santos cristiana, o también de modo sencillo en que Dios es amor y de ese amor participamos en el afecto que tenemos a los demás, amor que no cesa… y por tanto continúa después de la muerte. El amor es lo verdadero, y ante el problema de la muerte “la solución amorosa es siempre la verdadera” (A. von Hildebrand, 126).

   

La muerte es nacimiento. En el cuadro del Greco El entierro del Conde Orgaz, se ve en la parte inferior el difunto y la gente que le rodea, con vestiduras lujosas. Pero se ve cómo el alma sube y pasa al cielo, plano superior, como a través de un útero en el que vuelve a entrar, y sale ya arriba donde las manos de la Virgen María lo acogen con dulzura para presentarlo a Dios y a los santos. Así como un barco en la lejanía escapa de nuestra vista, o un sonido con alta frecuencia vibratoria que sí escuchan los perros, así no vemos a los que mueren pero están vivos. La muerte es una transición a un estado más elevado de conciencia en el que continuamos percibiendo, entendiendo y creciendo. Dejamos el cuerpo. Es como poner el abrigo de invierno en el armario, pues llegó la primavera.

jueves, 1 de febrero de 2024

La muerte no es un castigo divino

 

La muerte no es un castigo divino

Es una parte natural de la existencia humana
Llucià Pou Sabaté
Jueves, 1 de febrero de 2024, 09:41 h (CET)






Se habló de que la muerte es un castigo divino, perspectiva fatalista que algunos asocian a la palabra bíblica de que la muerte es consecuencia del pecado. Diversas interpretaciones teológicas y filosóficas dirán eso, pero en realidad vemos que la muerte es una parte natural de la existencia humana y no necesariamente un castigo.

   

Lo que Jesús vino a revelar con su vida muerte y resurrección (pascua) es que la muerte es una transición hacia otra forma de existencia más alta, superando visiones orientalistas de reencarnación, pues la vida después de la muerte no necesita volver a esta realidad, sino que la fusión con lo divino se vive en otras dimensiones. La muerte no se ve así como un castigo, sino como una parte intrínseca del ciclo de la vida y la evolución espiritual, el final de un aprendizaje que sigue en la gloria.

   

Aunque en las religiones se ha enseñado la existencia de un juicio divino, la visión cristiana enfatiza la misericordia y el perdón divinos, en el que la muerte no es simplemente un castigo, sino parte de un plan divino más amplio para la redención y la salvación.

   

Así, aunque la visión del karma o destino nos hace responsables de nuestros actos, la mirada amorosa de Dios que nos acompaña es la de un corazón de padre/madre buenos, y elevado al infinito y quitando toda imperfección humana. Así, recuerdo que una persona me caía mal porque no hacía las cosas como a mí me gustaban. Pero cuando un día la vi con su madre, y como la miraba su madre, entendí lo que es una aceptación incondicional. Pues eso es lo que la divinidad, aunque quiera lo mejor para nosotros, es decir una gran capacidad de amor que pueda albergar la felicidad según esa capacidad, no se cierra nunca ahí sino que está abierta a lo que somos y nos ama así.

   

Alguna perspectiva filosófica me dirá que la muerte es una realidad biológica y natural, sin necesidad de atribuirle un significado moral o castigo divino. Sin duda, las ideologías secularizadas o la creencia de que la moralidad y la ética no están necesariamente vinculadas a la idea de vida después de la muerte, pero esto no quiere decir que tengan razón. Es más, la percepción de la muerte define el modo de vivir, y sin entrar en cuestiones teológicas o de sentir a Dios de un modo experiencial en el corazón, diría como muchos pensadores franceses que viviendo con esa fe, se vive mejor.

   

Sin embargo, vamos viendo las cosas según evoluciona nuestra consciencia, nuestra cultura, y esto también lo vemos en la Biblia, es lo que llamamos “condescendencia”, de cómo la revelación divina fue al paso de esa cultura evolutiva, así, se escribió en la cultura de cada época, y encontramos en el Antiguo Testamento un Dios que castiga (según los que lo escribieron, es decir su cultura), y por eso forma parte esta y otras tradiciones de la fundamentación de un tabú que se ha formado, de la muerte como pago de los pecados, de las  maldades de una persona o de un grupo.

   

Por eso, quizá por una visión literal, no interpretativa, de esas tradiciones religiosas, hay veces que, debido a ese ambiente cultural, podemos preguntarnos: “¿Qué he hecho para merecer un castigo tan severo? ¿Merezco ese duelo, mereció él morir de esta forma?” Estas preguntas pueden llegar a distorsionarse hasta ser casi sádicas como decir: “si hubiera sido buena persona, no hubiera muerta de una manera tan vergonzosa”. Esa es la visión que había entre los judíos en tiempos de Jesús, a quien preguntaron por los males que habían hecho quienes murieron sacrificados por los romanos, o a los que cayó una torre encima. Jesús respondió que no era por sus pecados, sino para que se manifestara la gloria de Dios, quitando por un lado esa creencia, y aportando una visión nueva: que no hay mal que por bien no venga...

   

Para entender esa respuesta, hemos de pensar que tanto los de la revuelta contra los romanos, como los que sufrieron un accidente del derrumbamiento del edificio, eran considerados por los judíos como víctimas de pecados de alguien, si no de ellos, de sus antepasados… pero Jesús les hace ver que no tiene nada de castigo divino, sino que Dios permite esas cosas y a partir de la historia, de cada acontecimiento, manifiesta un plan divino, que será para nuestro bien, pues la gloria de Dios es la felicidad del hombre. Y aunque no entendemos eso, de ahí saldrá algo bueno, porque Dios no permitiría aquello si no fuera por un fin de bien.


También dijo Jesús que hiciéramos penitencia. Eso significa que nos sentimos mal ante una pérdida, dentro de nuestra psicología un sentido de penitencia es natural, como señal de expiación querida, lo que llamamos un sacrificio, y eso es muy distinto de un castigo que es expiación impuesta. Precisamente Sacrificio (Offret en sueco) es una película dirigida por Andréi Tarkovski (1986), su último trabajo, y hay otras muchas obras artísticas dedicadas a esto. Así, por ejemplo, podemos pensar que dejaremos de fumar, y que eso lo ofreceremos “por mí y por él” (la persona que murió). O cosas similares. Sobre todo portarnos bien con los demás: cuando pensamos “¿qué más podría haber hecho por él/por ella” hemos de pensar que podemos hacer esas cosas que nos gustaría haber hecho en vida del que murió, en la vida de los que están vivos y nos rodean. Así honramos al difunto y a todos.

   

Es importante salir de ese tabú de “me siento castigado, y no sé qué he hecho para merecer eso”, pues no tiene fundamento. Todo es parte de un aprendizaje, pero no podemos asociar la muerte a un castigo divino; no se trata de que si somos más espirituales no tendremos enfermedad y muerte. Son cosas que influyen pues nuestra composición psicosomática es multifactorial, pero no son los únicos factores. Sino que lo mejor es aceptar la vida como viene, y la espiritualidad nos ayuda a ver más allá de nuestras tres dimensiones de lo que se ve, una cuarta dimensión, que es la fe: que todo forma parte de los planes de Dios, que todo irá bien porque Dios es Padre misericordioso y lo reconduce todo hacia nuestro bien.

Sobre la guerra de Gaza y otros textos

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