Elegirse cada día
Elegirse cada día
Hace años escuché a una mujer explicar el secreto de más de medio siglo de matrimonio. Alguien le preguntó cómo habían logrado mantenerse unidos durante tanto tiempo. Su respuesta fue sencilla:
—La gente cree que hemos estado enamorados cincuenta años. No es verdad. Lo que nunca dejamos de hacer fue elegirnos.
Aquella frase se quedó conmigo.
Vivimos en una época fascinada por el enamoramiento. Películas, canciones y novelas suelen detenerse en el momento del encuentro. Todo parece girar alrededor de la emoción inicial, de la atracción, de la intensidad de los sentimientos. Sin embargo, pocas historias hablan de lo que ocurre después.
Y, sin embargo, la vida sucede precisamente después.
Sucede cuando la idealización desaparece y comenzamos a descubrir a la persona real. Cuando aparecen defectos que antes no veíamos. Cuando las dificultades económicas, la enfermedad, el cansancio o las preocupaciones familiares ocupan el lugar que antes ocupaba la euforia de los comienzos.
Muchos creen entonces que el amor ha terminado.
Quizá no.
Quizá lo que ha terminado es una etapa del amor.
El enamoramiento es una experiencia maravillosa, pero no constituye todavía la plenitud del amor. Es una llamada, una promesa, una posibilidad. Nos ayuda a salir de nosotros mismos y a descubrir la belleza del otro. Pero, precisamente porque está muy ligado a la emoción, no puede sostener por sí solo toda una vida.
Los sentimientos cambian. A veces crecen y otras disminuyen. Dependen de factores físicos, psicológicos y ambientales. Quien identifique amor y emoción quedará inevitablemente a merced de esas oscilaciones.
Por eso tantas personas se preguntan: «¿Sigo amando si ya no siento lo mismo?».
La pregunta encierra una confusión.
Cuando una madre cuida durante noches enteras a un hijo enfermo, no siempre experimenta emociones agradables. Cuando un hijo acompaña durante años a unos padres ancianos, tampoco. Cuando una persona permanece junto a su cónyuge durante una enfermedad larga y dolorosa, muchas veces lo hace entre el cansancio, la incertidumbre y el sufrimiento.
Y, sin embargo, nadie diría que allí no hay amor.
Más bien al contrario.
Karol Wojtyła comprendió esta realidad con una profundidad extraordinaria. En Amor y responsabilidad explica que amar significa afirmar el valor de una persona por sí misma. No por la utilidad que nos proporciona, ni por las emociones que despierta, ni siquiera por la satisfacción que nos produce su compañía.
Amar es decirle al otro, con la propia vida: «Es bueno que existas».
Cuando el amor alcanza esta profundidad deja de ser una simple experiencia emocional para convertirse en una actitud fundamental ante la vida.
Aquí aparece una palabra que nuestra cultura ha ido relegando poco a poco: fidelidad.
La fidelidad suele interpretarse como una limitación. Parece una renuncia a otras posibilidades. Sin embargo, la experiencia demuestra exactamente lo contrario.
La fidelidad es lo que permite construir.
Un árbol crece porque permanece arraigado. Una amistad madura porque resiste el paso del tiempo. Una vocación florece porque alguien permanece en ella cuando aparecen las dificultades.
También el amor necesita raíces.
La verdadera libertad no consiste en cambiar continuamente de dirección siguiendo cada impulso. Consiste en ser capaz de mantenerse fiel a aquello que uno ha descubierto como verdadero y valioso.
Por eso la fidelidad no es enemiga de la libertad; es una de sus expresiones más elevadas.
La tradición cristiana ha visto siempre en esta realidad un reflejo del amor de Dios. A lo largo de toda la historia bíblica aparece una constante: la fidelidad divina. El ser humano cambia, se equivoca, se aleja y vuelve. Dios permanece.
Quizá por eso el matrimonio cristiano no es solamente una celebración del amor presente, sino una apuesta por el amor futuro. Una promesa de seguir eligiéndose cuando la emoción disminuya, cuando aparezcan las heridas y cuando la vida exija más de lo que imaginábamos al comienzo.
Con los años he llegado a pensar que el amor verdadero empieza precisamente donde terminan muchas historias románticas.
Empieza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué sentimos y comenzamos a preguntarnos quién es la persona que tenemos delante.
Empieza cuando comprendemos que amar no es poseer ni utilizar, sino acompañar.
Empieza cuando descubrimos que el otro no es un instrumento para nuestra felicidad, sino un misterio que merece ser acogido y respetado.
Y quizá por eso sigo recordando aquellas palabras de aquella mujer anciana.
No habló de pasión, ni de suerte, ni de compatibilidad psicológica.
Dijo simplemente:
—Lo que nunca dejamos de hacer fue elegirnos.
Tal vez la madurez del amor consista precisamente en eso: convertir una emoción que nació espontáneamente en una decisión consciente que se renueva cada día.
Porque el amor no se demuestra cuando resulta fácil permanecer. Se revela cuando seguimos diciendo «sí» incluso cuando conocemos toda la verdad de la otra persona y, a pesar de ello, seguimos considerándola un don.
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